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DIOS SABE LO QUE HACE

miércoles, 14 de agosto de 2013 0 comentarios

Publicado en el diario La Libertad el 11 de agosto de 2013


Entrar en el plano de las comparaciones para referirnos al Papa Francisco, no es necesario ni para quien pretenda criticarlo basándose en la antipatía que pudiera despertar su particular actitud, ni para quien quiera elogiarlo por las mismas razones. Sus cinco meses de papado han sido más que suficientes para entender que su talante no merece más que ser tratado como algo extraordinario.

Innumerables cosas pudiéramos decir del Papa Francisco: que es el primer Papa argentino, que es el primer Papa suramericano, que es el primer Papa -a excepción de San Pedro- no nacido en Europa, que es el primer Papa Jesuita, que es técnico en química, que es de origen italiano, que tiene un solo pulmón, que tiene 76 años y que le encanta el fútbol. Sin embargo, Papa Francisco es mucho más que una serie de datos que nos permiten conocerle. Es el símbolo del cambio que muchos católicos inconformes con ciertas facetas de la iglesia, hemos estado esperando. Es el símbolo de la humildad.

Su sencillez, su discurso sensato y las frecuentes salidas a través de las cuales ha decidido valientemente romper chocantes paradigmas que la iglesia católica mantenía, constituyen una señal clara de que en la Ciudad del Vaticano las cosas están cambiando para bien. Un líder como él, resulta indispensable para un mundo deforme, un mundo que tiende a perpetuar la miseria, la injusticia y las desigualdades. Un líder como él, merece ser seguido, apoyado e imitado por aquellos que tienen la vocación y la misión de portar el mensaje de una institución que debe continuar su labor con una humildad carente de opulencias, con un amor que no admita discriminaciones y con una moral desprovista de vicios.

Aunque desconozco las razones que llevaron a Don Jorge Bergoglio a escoger su nombre como Papa, es imposible no pensar en Giovanni, aquel joven de familia noble que al llegar de la guerra toma la valiente decisión de despojarse de sus apegos terrenales para casarse con la pobreza. Giovanni, mejor conocido como San Francisco de Asís, tuvo el coraje de vivir -por voluntad propia- una vida de carencias materiales que le permitió la abundancia espiritual que llevaría a la iglesia católica a su canonización.

Hoy, después de casi 800 años del fallecimiento de San Francisco de Asís, llega a la iglesia católica Papa Francisco, un hombre que ha decidido hablar de pobreza sin tapujos, que se ha atrevido a afirmar que quisiera una iglesia pobre para los pobres, que ha invitado a los líderes del mundo a luchar seriamente contra las desigualdades, que ha puesto -de forma adecuada- el dedo en una llaga que mancilla a la humanidad. Un tema sobre el cual se ha reflexionado mucho y se ha avanzado poco.


El arribo de Papa Francisco al Vaticano, es, sin duda alguna, una prueba fehaciente de la existencia de un Dios que -definitivamente- sabe lo que hace.

Miller